Escrito por:   Eugenio Rodríguez

      La “Clarisa” no es una mujer; es la claridad del alba. El nombre surgió espontáneamente hace años, dentro del grupo de trasnochadores de los Sextos Años 1962 del Liceo de Rengo, entre los que me cuento. Disculpen que vuelva con el tema del los sextos del 62, pero hacía tiempo que me daba vueltas esto de las amanecidas, ¿y por qué no contarlo?

            Nuestras reuniones del segundo sábado de enero se hacen en restaurantes, pero se han hecho también en casas de algunos contertulios. Como no en todos los negocios se puede estar hasta la amanecida, en ocasiones nos preparábamos para irnos tipo 1:00 o 2:00 de la mañana a la casa de Gustavo Gálvez, donde más se repitió el asunto (a los tres hijos del matrimonio Gálvez Mera no les quedaba más que levantarse e incorporarse a la conversa y la broma). Pero a veces nos íbamos también a la casa de otro integrante de la hermandad que estuviera en condiciones de acogernos.

            En esas circunstancias nos entraban ganas de ver a la “Clarisa”; o sea, ver que comenzaba a clarear el nuevo día (lo que de por sí es bonito), y entonces ya nos podíamos ir a nuestras casas… Aunque muchas veces la seguimos hasta que el sol estaba alto. Por esa razón, los segundos domingos de cada año comenzaban para nosotros a las 12 del día o tal vez a las tres o las cuatro de la tarde.

            Jano Huerta puso también su casa para la comida y el trasnoche. En casa de Sotito vimos la claridad a través de una enorme higuera que nos cobijó. Y en casa de mi madre –en el Longitudinal– se bailó bastante porque Oscar Manosalva puso música en vivo y grabada. Pero lo que más nos interesaba era conversar los temas que nos tocaban de una u otra forma. A veces las lágrimas corrían. Cierto que estábamos con trago; pero no eran sólo lágrimas de curados. Los asuntos nos tocaban a todos los que alargábamos el reencuentro hasta esas horas preciosas del amanecer.

            Otras veces eran sólo las ganas de seguir, pero no en otros lugares, como suele usase en las juergas. Pero hubo una excepción, hace unos 15 años, cuando cuatro contertulios fuimos a dar a Caracoles, en auto, y de Caracoles a Malloa de a pie, ida y vuelta. El regreso fue bajo un sol que aplastaba, pero estuvimos desvariando bajo unos árboles en Malloa: el que escribe, Elías Valdés, Tito Chávez y Juan Soto Rojas.

            Volvamos a la casa de Gustavo, en Solís a la vuelta de San Martín. Una vez estaba más o menos el grupo de siempre, y Jano dice que debe retirarse por cierto compromiso que tiene. No aclaraba todavía y la idea era, por supuesto, esperar a que llegara la “Clarisa”. Hubo rechazo a su partida, pero se fue. Los demás se despidieron de él, y yo lo acompañé a la calle más por retarlo que por despedirlo. Se fue por el centro de la calzada, y yo me paré también al medio –en ese tiempo no abundaban los autos como ahora– para gritarle esto y aquello. Los árboles se unían por arriba formando un túnel tupido y hermoso. Jano caminaba hacia Prat, y al seguirlo con la vista descubrí, por entre el follaje, que nuestra amiga se asomaba por encima de la cordillera.

            Ahora no es lo mismo. Hace unos cuatro años que ya no esperamos a la “Clarisa”. El cuerpo ya no aguanta, y uno aprecia el buen dormir, el empezar el día, leer el diario, estar con los suyos –además que ahora vengo de lejos y alojo en casa de un hermano–. Así que, con un poco de pena y de nostalgia nos limitamos a recordar a nuestra amiga. Lo hacemos como lo hizo Jano aquella madrugada en que debía cumplir su compromiso… Aunque esa vez la “Clarisa” le fue alumbrando el camino, en tanto que nosotros nos fuimos del último encuentro “apenas” a las 3:00 de la mañana.